DOMINGO VIGÉSIMO TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS, SANTA ISABEL DE HUNGRÍA

19 de noviembre de 2000


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Hoy celebramos la Misa que corresponde a la fiesta de Santa Isabel, viuda y reina de Hungría, patrona de la diócesis de Bogotá, por eso esta Misa prima sobre la del domingo, que es de segunda clase.

Santa Isabel de Hungría fue hija de uno de los reyes que también alcanzaron la santidad: Andrés de Hungría. Casada con el rey de Turingia, y a pesar de vivir en lo que uno puede pensar son las delicias de una corte llena de riquezas, dedicó su vida a Dios sirviendo a los pobres. Es más, no sólo sirviendo a los pobres, sino también cuidando leprosos, llegando hasta besar sus llagas. Nos preguntamos: ¿qué podía ella besar en esas llagas? La inmundicia de la enfermedad, o más bien ver ahí la miseria humana y también las llagas y miserias que nuestro Señor cargó sobre sí cuando llevó la cruz. La vida de santidad llegada al exceso es repugnante para nosotros por la poca fe, por nuestro poco fervor.

Cumpliendo dentro del matrimonio los deberes que como a esposa y madre correspondían –tres hijos y viuda a los veinte años– y muerta a los veinticuatro, llevó como Santa Teresita, una vida muy corta pero llena de servicio a Dios, santificándose en el matrimonio y dándole primacía a Dios.

Qué ejemplo para las mujeres que desatienden a Dios por su marido, qué ejemplo de esta santa que supo complacer en todo a su esposo y sin embargo tener el corazón puesto en Dios y no dejarse seducir por una corte que después la despreció, la echó y la abandonó; una corte corrompida. Prefirió, una vez muerto su esposo, darse a la labor de cuidar enfermos y leprosos, habiendo mandado construir un hospital para los enfermos, obrando la caridad con todos y no dejándose llevar por banquetes, bailes, festejos, los halagos de una vida regalada y fácil, sino viviendo pobremente, santamente y tomando el hábito de los penitentes de San Francisco, prestando los servicios como una mujer pobre, cuidando enfermos siendo reina.

  Qué lejos se está de ese ideal; si esto lo hizo una reina que lo tenía todo, cuánto más tendríamos que hacer nosotros que no tenemos aquellos halagos ni riquezas y que,sin embargo, nuestro corazón las desea con vehemencia impidiéndonos la santidad, la que hay que mirar más que los prodigios que hacen los santos, incluso que sus milagros, las obras de ayuno, como esta santa lo hacía también, comiendo legumbres y raíces. Hay que mirar la santidad más que en sus frutos y en sus obras exteriores, en su esencia; es como si miráramos un matrimonio más por la casa, por los muebles, incluso los hijos, y no vemos la íntima unión, compenetración y exclusividad que conforma la unión de los cónyuges; lo mismo ocurre con la santidad, que consiste justamente en ese estado permanente y exclusivo de unión con Dios, y que culmina en un matrimonio con Él.

De allí brotan todas las obras y los sacrificios extraordinarios de los santos que a veces nos pasman. No está pues la santidad en lo que se haga o se deje de hacer, en esos excesos que nos pueden parecer inútiles o difíciles. La Iglesia, con respecto a los santos, quiere ejemplos para imitar en ese estado interior, en el deseo de permanecer con Dios, de pertenecer a Dios, de vivir para Dios. Por lógica consecuencia, esa imitación exige un vaciamiento de todo lo que no es Dios, de todas las criaturas, del mundo, ese mundo maldito mil y una veces que se opone a Dios, no el mundo físico y natural, sino el mundo como una concepción ideológica opuesta a Dios, llámese naturalismo, deísmo, liberalismo, renacentismo. Mundo tecnificado que se mete en los hogares a través de la televisión.

Hay que convencerse, mis estimados hermanos, de que no se puede verdaderamente vivir en estado de gracia de Dios y ver televisión –no me vengan con cuentos–. ¿Qué pasa cuando hay una propaganda impúdica, indecente, aunque la película sea todo lo contrario? Y no hablo de malas películas por sí mismas, sino de programas, noticieros. ¿Qué pasa cuando muestran lo que es el mundo? ¿Cierran los ojos? Eso es mentira, entonces si no quiere ver, ¿para qué tener televisión en la casa? Que no podemos vivir sin televisión... Cómo sí vivió durante casi veinte siglos la humanidad entera, buenos y malos, sin televisión, ¿qué hacían? Hoy estamos tan idiotizados que no sabemos qué hacer con nuestro tiempo, sólo malgastarlo en la televisión “para distraernos”; lo peor es que nos llena de mundo, deseos de mundo y nos aleja el deseo de la santidad. ¿Imaginaríamos a la Virgen María y a San José viendo televisión, perdiendo el tiempo, cuando hay tantas cosas para aprender, para saber, para instruirnos y no malgastarlo corrompiéndonos con ese idilio de placer y de comodidad con el que nos bombardea la televisión, anulándonos la capacidad de contemplación y oración? Por eso hay tan poca oración en este mundo moderno, tan pocas ganas de querer pertenecer a Dios, porque estamos imbuidos de ese mundo.

Así pues, como en el legítimo matrimonio se excluye toda otra persona que no sea el esposo o la esposa, con Dios hay que excluir todo lo que no sea Dios, todo lo que sea mundo; he ahí lo difícil, y por eso nuestras declinaciones, nuestro compromiso con el mundo que nos impide ir a Dios y nos hace medianamente católicos, mediocres fieles. Hay que tomar conciencia de ello y tener una vida de santidad, querer imitar a santos como esta Santa Patrona de Bogotá. Hallemos lo mejor para encaminarnos a la eternidad y no perdamos miserablemente la vida. ¿Para qué vivimos? ¿Para pasar distraídos por esta vida como si fuese una película de cine... o para salvar nuestras almas?

Por eso monseñor Lefebvre no quiere que en las casas de la Fraternidad ni en los prioratos haya televisión, sino que también aquellos fieles que quieren pertenecer a la tercera orden, para participar de las gracias de esta comunidad, tengan como condición no tener televisión en la casa por la misma razón, por el mismo motivo; porque aunque fueran todos los programas aceptables, sanos, que la propaganda no fuera mala, ni impúdica, ni sensual, sino que todo fuese muy católico, nos quitaría el tiempo que le debemos dedicar a Dios, a las obras de misericordia, para perderlo distraídamente en algo que no sirve para nada y lo que no sirve para nuestra salvación –como en el orden sobrenatural no hay término medio–, sirve para nuestra condenación. Si Dios mismo dice que toda palabra ociosa será castigada, mucho más el tiempo que ociosamente perdamos.

Otra cosa es la legítima restauración de la fatiga del cuerpo, con un sano recreo, unas sanas vacaciones, que no consisten en hacer nada, sino en cambiar de actividad, de lugar,  de atmósfera, pero no es levantarse a las diez de la mañana, a las doce del día, como mucha gente hace los domingos; el domingo no es para dormir hasta la hora que se dé la gana, como un animal, ¡no señor¡ Podría dormir media hora más, pero el domingo es para santificarlo, ¿acaso el placer del hombre está en comer y dormir como los animales? Todas estas cosas se oponen a la santidad de la cual dan ejemplo los santos y de la cual nos ha dado ejemplo esta reina santa que vivía en una corte imperial y despreciaba todo por amor a Dios.

Pidámosle a Santa Isabel que nos ayude a tener esa estima por las cosas de Dios y ese desprecio por el mundo que nos separa de Dios. +